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TIEMPO DE PALABRA -CARLOS BLANCO | EL UNIVERSAL domingo 30 de junio de 2013

Los dueños del país ven toda protesta como un intento de golpe de Estado

Ni un paso atrás…ni adelante
Lo que teme un régimen como este es la movilización en la calle. Los líderes cubanos, expertos en la represión, han enseñado que un vez que un ciudadano descontento pone el pie en el portón de la casa, si se le deja a su aire puede terminar instalado en la silla que estos días calienta Nicolás. Así ocurre en Brasil; la lucha inicial deja atrás sus motivos inmediatos y se apresta a lograr lo que su fuerza creciente le permite y de los centavos de incremento de la tarifa del transporte público, en pocos días se replantean el sistema político del país y la invasiva corrupción. También ocurrió en Venezuela y quizá el momento más destacado fue abril de 2002, cuando la protesta civil se convirtió también en militar y culminó con la salida de Chávez de la Presidencia.

Con los medios de comunicación contemporáneos y las redes en las que los ciudadanos se encuentran inmersos (o atrapados, según se le vea) es elevadísima la capacidad de las noticias y de las iniciativas de volverse virales. Nadie sabe las claves por las que un video se ve un millón de veces en pocos días; nadie sabe cómo incrementar por miles diarios el número de seguidores en twitter; nadie sabe cómo una idea esbozada por algún anónimo detrás de un teclado se convierte en atrevimiento seguido por centenares de miles; sin embargo, estas cosas ocurren. Solo cabe un análisis después que acontecen para entender su por qué, pero no se puede prever su desenlace cuando están en estado embrionario. Por eso los regímenes represivos prefieren matar toda iniciativa en estado primario porque no sabe cuál de las criaturitas que se ven, puede evolucionar como tsunami imparable.

GOLPES Y GUARIMBAS. Dos de las palabras con las que el régimen ha pretendido -y de cierta forma ha logrado- arrinconar a las fuerzas democráticas es mediante la acusación de que promueven desórdenes insurreccionales -guarimbas- para ambientar un golpe de estado. Es una lástima que una palabra tan musical como “guarimba” haya podido concitar tanto nerviosismo por parte de los próceres de esta hora. Evoca, para ellos, la breve insurrección que se produjo en Caracas en febrero de 2004 antes del referéndum, el día que se reunía el Grupo de los 15 en el Teatro Teresa Carreño. Momento en que las brigadas antimotines de la GN heroicamente sujetaron a Elinor Montes y la tiraron varias veces al piso. Ese día se produjo un amago de rebelión ciudadana que fue rápidamente apagada tanto por el gobierno como por la dirección opositora de entonces. Fueron combates callejeros que después derivaron hacia pequeños focos en algunas urbanizaciones de clase media alta y que se extinguieron en forma lánguida a los tres días. Hubo unas horas, sin embargo, en que la calle cogió candela y el gobierno no supo qué hacer.

Esas guarimbas quedaron marcadas en las zonas más profundas y rocosas del miedo de Chávez y su gente porque se parecieron tanto a los eventos de 2002, que se propusieron no volverlos a permitir bajo ningún concepto. Esto explica el grado de represión exagerada que aplican ante cualquier pequeño brote de descontento porque tienen fijado en la mirada el espectáculo de una calle insurrecta. Sin embargo, esa fijación se ha convertido en excusa para reprimir todo descontento, toda manifestación popular aun cuando sea reivindicativa, porque saben que la calle tiene sus insondables tentaciones.

Los actuales dueños del país identifican toda manifestación de protesta con un intento de golpe de estado. Por esa vía han desarmado -con éxito hay que decir- muchos esfuerzos, al colocar a sus promotores a la defensiva. Incontables veces ha visto la opinión pública cómo genuinas luchas sociales y políticas han tenido que tartamudear explicaciones para insistir en que no hay golpismo en sus intenciones.

BANALIZACIÓN DE LAS ACUSACIONES. Los que han sido golpistas están en el poder. Muchos de ellos, los de izquierda, fueron promotores por años de las manifestaciones populares para canalizar sus demandas; hoy, colocados en la azotea del poder, no vacilan en desdecirse de su propia historia y usar la fuerza bruta para dominar. Acusan a todos sus adversarios de guarimberos y golpistas; sí, ellos, los golpistas y agitadores de otros tiempos. Cuando se les recuerda, responden con cinismo: sí, pero ahora todo es tan igual que llega a ser diferente.

Estos jerarcas dedican una parte sustancial de sus esfuerzos a formar unidades antimotines, sean las de la GN, las de la Policía Nacional o las de los grupos paramilitares recogidos en el aséptico nombre de “colectivos”. También usan todos los mecanismos de espionaje y los que andan en labores de inteligencia hasta tienen algunos periodistas como voceros de la policía política, en la forma de falsos “dateados”. El audio con el cual dos altos funcionarios acaban de delinquir, grabado en la intimidad de una conversación entre María Corina Machado y el historiador Germán Carrera Damas, es para demostrar que dos demócratas probados son… ¡golpistas! El Gobierno sacó el fusil, apuntó con cuidado y se dio el tiro en el pie.

RESPUESTA DEMOCRÁTICA. Muchas veces las fuerzas democráticas, ante las acusaciones oficiales, han dicho y redicho que no son conspiradores. Defensa innecesaria que les hace caer en el juego del enemigo porque nada de lo que digan es suficiente para el régimen que siempre pide más pruebas de “inocencia”. Ese esquema a veces logra imponer en cierta gente la idea de que la oposición es golpista o tiene la oscura tentación de serlo.

La trampa que tiende el poder es que solo se puede demostrar que no eres golpista si no se te ocurre agitar la calle porque, si lo haces, allí está la comprobación de tu culpa. Rutina perversa que ha llevado a un cierto abandono de la legítima, democrática, y constitucional protesta callejera. Así ha sido, salvo en las manifestaciones de las épocas electorales y las universitarias que tienen sus propias dinámicas y su dirigentes específicos; también las recientes erupciones populares y laborales que, al menos hasta la fecha, no han tenido capacidad de continuidad.

LA CALLE ES RIESGOSA. Hay riesgos en la lucha popular precisamente porque los represores siempre acusarán a los manifestantes de aquello que la represión causa. No te disparé sino que tu presencia en la calle me obligó a hacerlo, dirá un represor. Además, ningún dirigente responsable puede llamar a aquello con cuyas consecuencias no esté dispuesto a correr. El asunto es que hasta que las fuerzas democráticas no se salgan del chantaje de las acusaciones gubernamentales -guarimberos, golpistas- no estarán en condiciones de impulsar abiertamente la protesta social. Esto se puede hacer sin aventuras, en forma responsable, pero se puede hacer. Volver a lo que la izquierda que hoy la reprime, llamaba lucha de masas…