TULIO ÁLVAREZ @tulioalvarez | La cuarta raya

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Los que aún están en el TSJ se miran en el espejo de los defenestrados, los que se fueron dan testimonio de la debacle

Era la oportunidad del acto de graduación de la Promoción LVIII de abogados de la Universidad Católica Andrés Bello que me honró nombrándome su padrino. Así como las cebras deslumbran con sus pintas glamorosas, de la misma forma, un personaje que aun hoy no sé ni el nombre colocó una cuarta banda roja sobre una toga negra y se encaramó en el paraninfo.

Lo extraño del caso es que, en los actos académicos, solo existe un máximo de tres bandas que identifican el grado de doctor. A causa de tamaña extravagancia se me ocurrió escribir este artículo. Al finalizar, ustedes entenderán.

Este es el momento de un cambio violento de timón para comentar una noticia insólita que no ha tenido suficiente repercusión. Se trata del hecho de que en la última reunión de Sala Plena los miembros (me resisto llamar magistrado a alguien que no lo es o lo merezca) estaban en emergencia y tremendamente preocupados porque sus colegas salientes habían acudido a la Asamblea Nacional para denunciar que habían renunciado por chantajes y presiones que venían de los líderes rojos, Screen Shot 2016-02-28 at 9.53.22 AMincluyendo al capo di tutti capi.

Y me impresionó el cuento no porque dudara de la capacidad de maldad de los actores del proceso de destrucción nacional o sus artes manipuladoras sino por el simple hecho de que se reflejara, en forma tan inocente, el talante moral de los diversos payasos y monigotes que se presentan en las tablas de la justicia nacional.

En efecto, los que aún están en el Tribunal se miran en el espejo de los defenestrados y los que se fueron dan testimonio de las causas de la debacle nacional que no es otra que una crisis de valores sin precedentes.

En el devenir de la humanidad sobresalen seres humanos normales, como cualquiera de nosotros y sin poses de superhéroes, pero que tuvieron la oportunidad para pararse firmes y dignos contra la injusticia. A todo riesgo, tomaron las decisiones que debían asumir, dieron Justicia a los sedientos de ella, actuaron con imparcialidad y apego a las normas, se respetaron a ellos mismos, a su familia y a la sociedad.

No eran presionables, no se dejaron amilanar y se rebelaron contra la opresión.

Reconocer una renuncia bajo amenaza constituye una confesión evidente de que se carecía de la cualidad fundamental para ser un juez. Quien así se sometió, primero tiene que entender que nunca ha debido aceptar un cargo de esa naturaleza si no estaba dispuesto a defender los principios con su propia integridad. Antes de alzar su voz de denuncia, entre otras cosas para marcar distancia y justificar sus actos de injusticia ahora que se derrumba el sistema perverso, deberían repetir un “mea culpa” hasta que la voz se les extinga.

Yo no pretendo que para ser magistrado tengamos que buscar a un Santo Tomás Moro que se sacrifique al grado sumo por el valor superior. Pero, al menos, hay que exigir un poco de dignidad, un ápice de preparación y unas cuantas gotas de valentía a la hora de la selección.

Por lo pronto, imagino que personajes como Velásquez Alvaray y Aponte Aponte deben estar abriendo sucursales del club de tránsfugas judiciales en Miami, San José de Costa Rica y dondequiera que se encuentre un número importante de esos trúhanes que se hicieron llamar jueces sin siquiera merecer el título de abogado.

No quiero finalizar sin retomar el camino presuntamente desviado, el de identificar al hombre de las cuatro rayas en el acto académico. Se trataba de alguien que integra el actual circo que se ubica en un edificio que denomina Tribunal Supremo de Justicia.

Me comentan que todos ellos se auto-adjudican su cuarta raya apenas toman posesión del cargo porque cofunden un cargo obtenido en subasta de dignidad con el mérito de quienes se gradúan con mucho esfuerzo. Alguien les dijo que esos símbolos se ganan militando en el PSUV. Como si la Constitución estableciera como único requisito para ser Magistrado el tener la cerviz lo suficientemente flexible como para inclinarla en forma permanente y sin fractura.