TULIO ÁLVAREZ @tulioalvarez | Una temporada en el infierno

Screen Shot 2015-10-09 at 1.09.24 PMViernes 9 de Octubre de 2015

Es la sala de audiencias de unos héroes que llaman médicos y enfermeras que se dedican a hacer milagros

Voy a describir un tiempo que parece soñado pero que viví acompañado de siluetas tambaleantes en las horas muertas. Y me auxiliaré en Rimbaud, mi preferido, el poeta que escribió siendo niño, para transmitir lo que con propias palabras quizás quedaría corto.

Todo comenzó al recibir la noticia de que mi tía Rosa, la mujer que me crío, la misma que se quitaba la comida de la boca para dármela a mí, cayó en una situación crítica que ameritó una urgente intervención quirúrgica en el Hospital de Carúpano.

Inmediatamente sentí que “el reloj de la vida se ha detenido hace un momento. Ya no estoy en el mundo”; y me entró la desesperación y la angustia de inmovilidad de quien se sabe lejano.

¿Qué hacer? Tratar de encontrar lo elemental que me pidió mi familia: Unas simples bolsas de colonoscopia, cinta especial, gasa, medicinas y otras nimiedades que se pueden conseguir en el lugar más apartado de la tierra, pero no aquí. Recorrí los expendios de Caracas sin éxito y finalicé la tarea comprando unas galletas en Locatel y un refresco en Farmanada poniendo mis dedos en las malditas captahuellas, por primera vez.

El horror de miles de venezolanos con enfermedades críticas que ameritan medicinas y tratamientos que no pueden cumplir porque la delincuencia común se transformó en mafia política, saqueó y desmontó al país.

Todo empeoró.

Sacaron a Rosa de una habitación, en que estaba relativamente cómoda, a una “Sala de Shock” porque había colapsado. El mismo reloj de la vida se me aceleró para lograr una despedida y darnos la alegría de un beso, una caricia, en la que me reconociera. Pero el problema es que ir a cualquier lugar de Venezuela constituye la aventura indescriptible que ustedes conocen mejor que yo. Ya no llegan aviones comerciales allá. Tomar un carro y manejar solo de noche durante nueve horas es hasta cierto punto suicida.

El Aeropuerto estaba hasta hace poco cerrado, primero por los baches de la pista y después porque los chivos apacentaban y la gente pasaba por todo el medio por ser la vía más corta.

Pero llegué.

De repente me encontré en Siria en pleno enfrentamiento bélico. Humaredas y barricadas por todas partes. La gente tiene días protestando en las calles porque no hay agua en ninguna parte. Una travesía que dura pocos minutos se torna en caminata de horas bajo el sol abrazador de mi tierra.

Al llegar, comenzó la negociación para que me permitieran entrar.

La “Sala de Shock”, el lugar de los enfermos de gravedad extrema, es el sitio donde están los pocos equipos operativos del hospital y coincide con el ingreso de emergencia. También es la sala de audiencias de unos héroes que llaman médicos y enfermeras que se dedican a hacer milagros con lo poco que tienen en sus manos.

Logré el objetivo.

Screen Shot 2015-10-09 at 1.05.54 PMEntré, la abracé y me reconoció. A mi nada me sorprende. He estado en las casas más humildes, en los barrios más peligrosos y en los centros asistenciales más deteriorados pero había entrado en otra dimensión. Los gritos de dolor de algunos que ocupaban las 12 camas de shock, el ingreso de los vendedores de empanadas de carne, chorizo y cazón, el simpático proveedor de café y manzanilla, las manifestaciones de dolor de familiares conformaban un coro singular. Y las moscas aplaudían.

Para darle altura al paquete de sangre de la transfusión hay que abrir una lámina del techo que la soporte, los baños no sirven y si sirvieran no habría agua; como siempre, los militares controlando todo. Estábamos comentando que la situación no podía ser peor y entonces, quizás como castigo a nuestra mala actitud, se fue la luz en toda la ciudad. Y, al final, la madre murió.

Y permanezco aquí: Tal como la pradera entregada al olvido, En que incienso y cizañas Creciendo han florecido, Bajo las sucias moscas Y su feroz zumbido.

Que llegue, que llegue, El tiempo en que se quiere. Porque me siento en el infierno y por lo tanto estoy en él.