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Valery Giscard d’Estaing: «Los lazos de amistad que trabé con el Rey de España han dado muchos frutos» JUAN PEDRO QUIÑONERO / ABC 16/06/2013

Screen Shot 2013-06-17 at 8.25.40 AMValery Giscard d’Estaing, ex presidente de la República Francesa, uno de los grandes patriarcas de la construcción política de Europa, ha escrito a sus 88 años una novela visionaria, «La victoria de la “Grande Armée”» (Edhasa), en la que Napoleón regresa victorioso de la campaña de Rusia y acomete su proyecto político más ambicioso: la fundación de los Estados Unidos de Europa.

Giscard ha escrito una ucronía: «Una reconstrucción lógica, aplicada a la Historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder». Y esa fábula imaginaria es una parábola sobre el hipotecado destino de la civilización europea. Tratándose, en su caso, de un protagonista de primer nivel, esa fábula novelesca también habla a su manera de nuestras crisis y problemas bien reales e inmediatos.

—Imaginar que Napoleón volvió victorioso de la campaña de Rusia me parece excesivo. La realidad histórica fue una inmensa tragedia.

—Mi libro no es un relato histórico. Es una fábula novelesca. Y le recuerdo que hay un gran misterio, nunca resuelto. Hubo días de incertidumbre para Napoleón. Y puede pensarse que durante varios días, durante la campaña de Rusia, dudó. Prestarle la decisión imaginaria de una vuelta a Francia, evitando la tragedia, es perfectamente legítimo. Si me apura, incluso permite intentar esclarecer zonas de sombra en la Historia, sobre el personaje mítico y sobre la realidad de la época.

—La aventura española de Napoleón fue un fracaso y dejó heridas muy profundas, que todavía eran perceptibles cuando usted era presidente.

—La aventura española fue un fracaso, en efecto. Y es lógico que las grandes derrotas dejen huellas profundas en pueblos que protagonizaron la gran historia. En mi caso, fui uno de los primeros que reanudó el diálogo de fondo con la joven democracia española.

—Ese diálogo comenzó siendo muy áspero.

—Con el tiempo se percibe que los primeros lazos de amistad y diálogo que yo mismo trabé con el Rey de España, don Juan Carlos, dieron frutos muy positivos.

—En su novela, usted presta a Napoleón el proyecto de creación de los Estados Unidos de Europa. En verdad, ese proyecto era el de Víctor Hugo, que usted mismo ha defendido, históricamente.

—Hay grandes diferencias. De entrada, le recuerdo que Napoleón llegó a concebir algo parecido, en Santa Elena. Sin duda, en su caso, se hubiese tratado de unos Estados Unidos de carácter autoritario, forjados a través de las victorias militares. En el caso de Víctor Hugo o en el mío se trata de proyectos igualitarios: la unión libre entre Estados capaces de forjar un gran proyecto continental común, expresión política de la gran civilización europea, la primera y quizá más grande de la historia de la humanidad.

—La Europa de Napoleón es heredera de la primera revolución industrial, heredera de Voltaire, de Casanova, de Mozart, una Europa feliz y confiada en su destino universal. Hoy, por el contrario, Europa está amenazada por la crisis, la demografía declinante y la deuda de unos Estados empantanados en sus hipotecas.

—Algo hay de eso. De las campañas de Napoleón suele recordarse su carácter militar, palmario, claro está. Pero se olvida que, en verdad, con los ejércitos napoleónicos también viajaban ingenieros, científicos, que transmitían saberes y contribuían a la difusión de la cultura. Se trata de un aspecto que intento subrayar en mi novela. El legado y la atracción popular que ejercía Napoleón no puede comprenderse por sus simples victorias militares. Hoy, en cierta medida, la creatividad europea quizá sea mucho más modesta y el empuje vital de los europeos es víctima de una crisis que los ciudadanos comprenden mal porque nadie se explica ni razona de manera convincente. He escrito recientemente que cualquiera que se tome el tiempo de reflexionar unos instantes comprenderá que lo que está en juego, hoy, es el destino y la supervivencia de la civilización europea.

—¿Por qué?

—Helmut Schmidt, el ex canciller de Alemania, lo recordaba hace días, en un coloquio en el que participamos. Dentro de unos años, quince o veinte, la población mundial alcanzará o superará los 9.000 millones de seres humanos. Los europeos, en total, apenas seremos un 7%. Ni Francia ni Alemana “pesarán” más allá de un minúsculo 1 %. Europa corre el riesgo de “caer de categoría”. Sin embargo, los jefes de Estado y Gobierno de la Unión multiplican unas declaraciones siempre contradictorias, que la opinión pública no llega a comprender, si es que hay algo que comprender.

—Los sucesivos pactos y proyectos de estabilidad y convergencia presupuestaria y fiscal europeos han fracasado, entre otras cosas, porque Francia nunca ha cumplido sus promesas. Incluso Alemania comenzó violando sus promesas presupuestarias. El último presupuesto equilibrado de Francia data de 1978, cuando usted era presidente.

—En el caso francés, es cierto que la crisis actual está agravada por la gestión constantemente laxa de los últimos treinta años. Las autoridades europeas han vuelto a recordar al Gobierno francés que debe cumplir los acuerdos europeos, que son compromisos de Estado. El Gobierno se verá forzado a proponer aumentos de impuestos y/o cortes presupuestarios que terminarán afectando a muchos ciudadanos, aumentando el descontento. Francia es víctima, en efecto, de la pérdida de competitividad de muchos de nuestros sectores industriales. Muchos de los productos de gran consumo que en otro tiempo fabricábamos en Francia nos llegan ahora del exterior.

—Sin embargo, muchos culpan a Alemania y a su canciller, Merkel, del agravamiento de la crisis.

—Le repito lo que dijimos al alimón, dias pasados, Helmut Schdmit y yo mismo. Europa no puede avanzar si Alemania y Francia no se dan la mano y avanzan juntas. No tenemos nada que reprochar a los alemanes. Sí debemos reprocharnos nuestra incapacidad para hacer reformas.

—Esa incapacidad de reformar es una amenaza para Europa.

—La Comisión, me decía días pasados Helmut Schmidt, se ocupa de problemas subalternos, de segundo o tercer orden. Europa necesita con urgencia la restauración de un liderazgo con objetivos claros y ambiciosos.

—¿Por ejemplo?

—Podría celebrarse una reunión mensual o bimensual de jefes de Estado y Gobierno de la zona euro. Sería un mensaje claro de determinación y voluntad política.

—¿Qué forma política pudiera tener esa Europa de mañana?

—Puede ser una Europa del libre cambio, donde el Reino Unido se encuentre a gusto en su visión mercantilista de su puesto en Europa. Pero también puede ser un continente con un proyecto político común más profundo que sería liderado por los países fundadores de la UE, incluidos Polonia y España, que son dos grandes países que aportan a Europa su gran historia y posición geográfica. España, por ejemplo, está abierta al Atlántico y las culturas y civilizaciones del océano. Esa posición de puente estratégico debe dar a España una posición firme e importante en la Europa de mañana, cuando salgamos de la crisis actual, que no es una crisis del euro, es una crisis de la deuda de los Estados europeos que deben superarla reformando y articulando nuevas formas de integración presupuestaria y fiscal.