Víctor Maldonado C @vjmc —Diez señales de descomposición

1 de agosto de 2014

Por más que unos y otros intenten la normalidad, lo cierto es que la procesión va por dentro. La sociedad venezolana está sufriendo un ataque complejo que apunta a su devastación. No quiero decir con esto que sean problemas nuevos, pero sí que su conjunción se constituye en un síndrome cuyos efectos pueden cobrarnos la prosperidad de muchos años. Por eso es que ante la pregunta sobre cómo podemos salir de esto la gente comienza a divagar, intentando saltarse el difícil período de la transición.

No hay cambios mágicos. Desde este punto de partida, lleno de imposibilidades, amarras, deterioros y dificultades tendremos que, si acaso se dan las condiciones, encarar el desafío de administrar un proceso de cambios que nos lleven a la democracia política y a la restauración republicana. Si los consensos sobre lo que nos está pasando y sus por qué son tan insuficientes y dilemáticos, no quiero imaginar lo que pueda costar acordar los contenidos sustantivos de la democracia y la república que queremos. Por lo pronto el rentismo y el mercantilismo son parte de la duramadre nacional. Y el modelo mental que necesita la vigencia de un estado fuerte es otro de los imaginarios que conspira contra cualquier posibilidad de cambio. Lo otro es cambiar un caudillo por otro, una claque por otra, un régimen por otro, para vivir nuevamente el viejo desengaño de la insatisfacción. Pero volvamos a los síntomas que se integran en el síndrome que aludí y pensemos que la transición estará llena de alertas sobre los problemas de fondo que tendremos que resolver.

La primera señal es la corrupción institucionalizada que ahora encuentra en el gobierno a su principal encubridor. El desfalco del pudor, y el presentarse como el producto del nepotismo, el amiguismo, el compadrazgo, el caciquismo y las montoneras nos coloca en situación de indefensión frente a un régimen que se paga y se da el vuelto, pero que además ya no le importa lo que digan al respecto. La corrupción es “el abuso del poder encomendado para el lucro privado”. Quiere decir que solamente puede practicarla aquel que tiene ese atributo. Y que lo usa para favorecerse. Pues bien, en el “Índice de percepción de la corrupción” que presenta todos los años IT nuestro país está en el deshonroso puesto 160 de 177 países, junto con Eritrea y Cambodia. Y solo Haití tiene un desempeño peor en el concierto de países latinoamericanos. Para la ONG internacional los aspectos cruciales de la corrupción que vivimos están vinculados al uso del poder (que cuando se ejerce sin controles se corrompe rápidamente), los acuerdos clandestinos y los sobornos. 

La segunda señal es la presunción de las mafias asociadas al narcotráfico. No solo porque al final terminan compitiendo con el Estado por el control del territorio, y por el daño que se le hace a la población más vulnerable. Lo que quiero significar especialmente es el reforzamiento de la cultura del crimen y el utilitarismo que plantea que cualquier medio es apropiado para escalar en términos de poder y riqueza. Preocupa igualmente el maridaje que refuerza la corrupción institucional y que favorece la constitución de grupos estancos, diferentes en términos de reglas, al resto de los ciudadanos. Carlos Tablante y Marcos Tarre abundan en datos y argumentos en el libro “Estado Delincuente”. Pero vale la pena citar lo que ellos dicen, avalados por el Informe Mundial sobre las Drogas producido por la United Nations Office On Drugs And Crime cuyo último reporte pueden conseguir en http://bit.ly/UG56Tt Los autores dicen que estos informes ponen en evidencia el papel cada vez más importante de Venezuela en el tráfico de cocaína, especialmente hacia Europa. También se revela cómo han descendido los decomisos, tanto en número de casos como en cantidades incautadas.

La tercera señal es la descomposición económica que produce el socialismo y la obsesión por los controles crecientes. Nos guste o no la inflación, la escasez y la caída de la productividad va a desembocar en el desempleo. Por ahora el desempleo nuevo se ha convertido en rebusque, pero cuando se agoten las prestaciones sociales de los nuevos desplazados  apreciaremos una condición más brutal, que va a impactar determinantemente en las condiciones de vida de los más pobres. Se incrementará la condición atroz de la pobreza. PROVEA, en su boletín internacional del 28 de julio lo dice con firmeza: “en el gobierno de Maduro la pobreza aumentó. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) en el 2013 un total de 416.326 hogares se incorporaron a la gran población de pobres que padecen a diario la exclusión social”.

La ONG continúa abundando:” Hoy en el país según cifras oficiales existe un total de 9.174.142 personas pobres, de ellas 2.791.292 son personas que viven en extrema pobreza. Hay más pobres ahora en Venezuela que en el año 2012 a pesar que el gobierno obtuvo por concepto del negocio en materia petrolera el ingreso de millones y millones de dólares y miles de millones de bolívares por recaudación a través de diversos impuestos y por préstamos solicitados a lo interno y externo”.

La cuarta señal es la violencia que es el resultado de la convicción social de que vivimos en absoluta impunidad. No rige el estado de derecho. Y eso lo saben –porque lo practican- los que forman parte del régimen y también la calle. No hay respeto alguno por los derechos humanos y priva el cálculo político de los que tienen poder. Y la calle sabe que el crimen no es perseguido, que las policías están desbordadas y que los cuerpos de seguridad son utilizados para reprimir a la disidencia. El Observatorio Venezolano de la Violencia afirma en su último informe que “al finalizar 2013, cerraremos el año con un estimado conservador de 24.763 muertes violentas en el país y una tasa igualmente conservadora de 79 fallecidos por cada cien mil habitantes…Las muertes violentas representan en Venezuela el 12% de la mortalidad general. Esto significa que de cada cien venezolanos y venezolanas que fallecieron en el año 2013, por todas las causas posibles (enfermedades del corazón, cáncer, diabetes, HIV), 12 de ellos murieron por causas violentas distintas a los accidentes o los suicidios. La mayoría de las víctimas de las muertes violentas, en las tres modalidades consideradas en este reporte (homicidios, averiguaciones de muerte y resistencia a la autoridad), son varones. Un hombre en Venezuela tiene 16,5 veces más posibilidades de ser víctima de homicidio que una mujer”. Yo creo que el 2014 es todavía peor porque la represión política y el auspicio de los colectivos armados como cooperadores en las tareas de extinción de las protestas enturbiaron aun más el ambiente.

La quinta señal es la polarización política. Vivimos en los extremos. Desconocemos las condiciones y justificaciones de los que están en el otro polo. Nadie está interesado en lograr la convivencia entre los diversos, y todas estas son condiciones precursoras de una guerra civil. Hay que decir que nadie se salva. El supuestamente moderado es hipercrítico y descalificador. El líder social es autoritario y apela a las solidaridades automáticas. El diálogo ha sido sustituido por los prejuicios y las actuaciones que se dan en consecuencia.

La sexta señal es la penetración de los militares en los espacios civiles. El régimen no necesita reconocerse como militar, pero lo es. Miles de militares ocupan puestos en la administración pública inoculándola de autoritarismo, voluntarismo y diletantismo, con los efectos que ya vemos. ¿Quién vuelve a meter a esas gallinas al corral?

La séptima señal es la censura. Estamos convirtiéndonos en un país opaco, donde no es posible la rendición de cuentas ni el control ciudadano. El régimen está comprando todos los medios de comunicación, imponiendo su propia versión de los hechos y silenciando otros. La hegemonía comunicacional es proclive a la construcción libérrima de narrativas inconvenientes sobre el país.

La octava señal es el desplome de los servicios y la infraestructura pública. Luz intermitente en el mejor de los casos. Agua insana, si es que llega. Hospitales asolados por la violencia y desprovistos de todo. Escuelas arruinadas y tomadas por la ideología que miente y deforma. Calles oscuras y en manos del hampa. Carreteras y autopistas desprotegidas. Y esa sensación de abandono irrecuperable  mientras ellos no quieran.

La novena señal es la nueva ola de emigración. Jóvenes y adultos no ven espacio para seguir siendo productivos en el país. Se ha acentuado la narrativa del destierro que nos está descapitalizando del talento y de la fuerza moral necesaria para encarar esta dictadura.

La decima señal es el resentimiento. Ana Teresa Torres dice que el resentimiento implica el volver a sentir. Repetir, repasar, reverberar sobre un sufrimiento alguna vez ocurrido, pero no necesariamente, porque se funda en un relato que lo convence de haber sido víctima de la maldad de los otros. En esas estamos. En la revolución del resentimiento, que lo justifica todo, que nos convierte en víctimas de un síndrome de efectos tan desoladores.

La transición no será cosa fácil. Abundan las presentaciones de power point que se olvidan que estas señales y otras tienen que ser desarmadas y desmontado el campo minado. Se requiere entonces serenidad, sentido de realidad, coraje, mucha persistencia y toneladas de paciencia. Y algo más, comunicación carismática y liderazgo para conducir a los venezolanos hacia la tierra prometida sin que perdamos demasiado tiempo en el desierto de nuestras propias contradicciones.