Víctor Maldonado C. @vjmc —El mal no debería ganar

8 de agosto de 2014

Recientemente una amiga muy especial decía sentirse muy desolada por la sensación que tenía de que el mal se estaba imponiendo definitivamente. Con esta afirmación mi amiga estaba expresando un estado de congoja colectiva que muy probablemente tenga que ver con la sobrevivencia económica, la atomización familiar, la ansiedad por la inseguridad, el maltrato político y las muchas evidencias del bajo rendimiento de una oposición dividida, emocionalmente fracturada, entregada a la extravagancia del ego y la estupidez de disputarse algo que no existe ni siquiera como remota oportunidad.

El mal no se expresa solamente a través de los malos resultados socio-económicos que cada cual tiene que vivir a su manera. También lo constituye el laberinto de represión política en el que todos nos sentimos extraviados porque el régimen está dispuesto a darle a cada venezolano su ración de cárcel o exilio aun ante la más leve protesta. La perdición se presiente al enterarnos, por ejemplo, que un dirigente social es impedido de montarse en un vuelo de CONVIASA o que a una empresa con criterio de independencia y responsabilidad democrática la persiguen hasta ponerla al borde de la quiebra. 

Nadie puede comprender que el nuestro sea de los pocos países en donde tengamos que tolerar que anónimos impresentables compren medios de comunicación y que a través de encomenderos tomen decisiones sobre quién puede hablar y quiénes no. Eso conmueve nuestras fibras éticas, afecta nuestra dimensión trascendental, mientras que el mal arrecia también en la dimensión práctica de la vida porque nos obliga a la preocupación constante por obtener la escasa medicina y el tener que resignarnos a las colas más embrutecedoras para conseguir aquello que necesitamos o queremos. O el temer que en cualquier esquina, mientras intentas integrarte a una de esas colas, llegue el ladrón y te asalte.  Todo eso lo sabemos, lo sufrimos, y lo registramos como argumentos para la desesperanza, porque no hay nada que funcione de acuerdo a lo que nos parece correcto o apropiado.

Pero hay algo más. A todo esto se suma una sensación de abandono que es insufrible. Porque todo esto ocurre mientras nos obligan a ser los espectadores de una colosal confusión que afecta a nuestras élites, que simplemente no saben qué hacer frente a un desafío tan complejo.

Jung decía que los líderes, los buenos, eran la expresión del inconsciente colectivo de su pueblo. Los líderes deben representar las expectativas y resolver las frustraciones de su sociedad. O logran esa conexión o fracasaban estruendosamente. Allí tenemos un problema, porque padecemos una insubordinación de los liderazgos. Nuestros voceros se resisten a expresar y canalizar las inquietudes del pueblo. Ellos, al parecer, tienen su propia versión de los hechos, y a esa versión se remiten, mostrándose excesivamente arrogantes y autoritarios. No van a ningún sitio a escuchar –para eso están las encuestas y los clichés- y el diálogo parece tiempo perdido aun entre ellos.

Ya sabemos que la alternativa está dividida en dos toletes. Un primer tolete juega a la descomposición de las promesas revolucionarias. Igual que como lo hacen los “fondos buitres” compran a ganga y esperan cobrar completo. Dicen que es cuestión de tiempo. Y la única estrategia es esperar. Pretenden, como los buitres, comer tranquilos la carroña, que les será entregada oportunamente. Mientras tanto, paciencia.

En el otro extremo está el inmediatismo. Su lema es “ahora o nunca”. Para este grupo el tiempo juega a favor del gobierno y aprecian que en el 2019 ya no habrá alternativa posible. No dejan de tener razón cuando piensan que cualquier pausa fortalece al que está en el poder y debilita las pretensiones del retador. Que los tiempos no son lineales, al menos no los tiempos políticos, y que hay que aprovechar cualquier oportunidad para demostrar vigor en la movilización y fuerza en el reclamo.  Son dos formas de ver el problema que ellos se empecinan en mostrar como mutuamente excluyentes y antagónicas.

Al final todos estamos sufriendo las secuelas de una insólita conflagración entre el pensamiento estratégico –de largo plazo- con el pensamiento táctico –el aquí y ahora- en el que nadie ha salido especialmente beneficiado. La gente registra esa debacle como parte de su tragedia personal, porque ahora no hay quien interprete su sentir como pueblo que quiere encontrar el camino hacia su propia liberación social.

No puedo dejar de decir que Jung también reclamaba a los líderes  su responsabilidad en el esfuerzo de conocerse a sí mismos. Nadie puede ser exitoso en la conducción de su pueblo si antes no es capaz de tener una versión plausible de su propio carácter. En eso fallamos. Vivimos ensimismados en los contornos de nuestro propio mito, molestos porque las cosas no terminan de ser como las deseamos, y buscando un culpable. El caso venezolano es patético porque además de su ainstrumentalidad carece de sentido de realidad y es exagerado en la personalización de los conflictos. Aquí se cree poco en la tolerancia, pero nos proclamamos tolerantes, se practica el racismo, pero nos declaramos inclusivos y desprejuiciados, somos excesivamente superficiales, pero practicamos la impostura de la profundidad reflexiva, y además somos rentistas, pedigüeños, nos encanta el autoritarismo y sus símbolos: la cachucha, el uniforme y el hombre fuerte. Y por último, el pescueceo y el poder son irresistibles. Un líder promedio relaciona su poder con el tener en su celular el pin y el contacto directo con un hombre poderoso. El poder es demostrado por la capacidad de hacer gestoría y resolver problemas particulares. Por eso mismo la “tentación mafiosa” siempre presente en nuestras relaciones sociales.

Lo cierto es que los extremos se encuentran en una fatal condición del venezolano que es su ainstrumentalidad. Ni los unos ni los otros –me refiero a los bloques dicotómicos que se disputan la alternativa democrática- tienen una buena respuesta a la pregunta crucial sobre lo que hay que hacer. Porque esto no se despacha con la simpleza de que hay que esperar o su contraparte llena de ardor juvenil inmediatista. Esa es la gran interrogante escamoteada. Porque resulta más fácil la crítica autoritaria, la imposición del silencio y la descalificación personal. En eso somos muy buenos, aunque sea parte de nuestra sombra.

La ainstrumentalidad nos evita la responsabilidad por la eficiencia de cualquier plan. Y la descalificación nos coloca en el cómodo sitial del que “espera en la bajadita”. Claro está que, y la gente lo sabe, mientras estemos enfrascados en ese tipo de discusiones no vamos a ser una expresión solucionadora de las angustias del pueblo. El drama es que a los ojos de todos, ni somos, ni parecemos. Queda entonces esa sensación de que “peor es nada” que termina siendo una mala relación con líderes erotizados, con un vínculo que se envilece todos los días y que son el mejor argumento para esa decepción que abate y vence a mi especial amiga.

Mi amiga se siente aplastada. Todos sentimos algo similar a una bota sobre la nuca, postrados y con poca posibilidad de mirar toda la escena. En eso consiste la visión de túnel. En que el horizonte es tan oscuro que imposibilita imaginar cómo va a ser el futuro, incluso si va a haber futuro. Preocupa que el inconsciente colectivo nos haga ver que no hay solución sin conflicto y sin replicar otra etapa de caudillos que vienen a enmendar los errores de los que hoy mandan. En eso dilapidamos buena parte del siglo XIX y los primeros cuarenta años del siglo XX. Y es que en ausencia de leyes y libertades las salidas siempre son brutales.

Sin embargo, no todo está consumado, y hay batallas que se van perdiendo al mediodía  para ganarla definitivamente en el ocaso. No soy optimista pero no puedo renunciar a la esperanza y a la fe. Y es que el mal no puede ganar porque su propia dinámica lo conduce a la derrota que tarde o temprano termina sufriendo. El mal siempre termina devorado por el caos que provoca. Ese caos esta a la vista. Que nada funcione y que todo sea necesidad y angustia es la mejor demostración de que estamos siendo espectadores de los efectos del caos sobre sí mismo. Mientras tanto claridad,  firmeza y fe, porque todo pasa.