Víctor Maldonado C @vjmc —Esto no es gobierno

14 de agosto de 2014

Un buen gobierno es aquel que provoca el máximo bienestar posible para la mayoría de los ciudadanos. Por eso es que la sensatez es una exigencia crucial para todos aquellos que estén a cargo del gobierno. Sensatez no es otra cosa que la capacidad de manejar la complejidad de la realidad, saber que todo tiene que ver con todo, que no hay decisiones fáciles, y que la utopía de lo perfecto es su principal enemigo. Ser sensato es entender que debe haber un buen maridaje entre fines y medios, y que resulta criminal ofrecer lo que no se puede cumplir. También es tener presente que la represión, su uso ilegítimo, tiene sus costos, se devuelve en forma de ilegitimidad y pérdida de la reputación.

El sentido de realidad obliga a los gobernantes a usar el poder con límites institucionales. No solo que es muy peligroso decidirlo todo sin preguntarle a nadie, porque eso perturba el carácter y  corrompe el ser y el actuar de los que se intoxican con sus excesos. Nadie puede aspirar a saberlo todo y mucho menos querer ser infalible. La verdad es otra, los gobernantes lo hacen bien en la medida que forman parte de un equipo de especialistas que son capaces de mantener entre ellos la comunicación y la identidad de objetivos. Lo contrario es el caudillo que siempre arrastra a sus pueblos hacia el abismo.  Lo inverso es apostar a que un militar pueda ser un buen ministro de alimentación, o que un ingeniero pueda ser excelente dirigiendo el área de economía, que un actor pueda dirigir apropiadamente un canal de TV o que una esgrimista pueda ser buena al frente del ministerio de Deportes.

Los buenos gobiernos afrontan decididamente los problemas. No los evaden, tampoco los enmascaran. Y mucho menos pueden esperar supersticiosamente a que desaparezcan. Es muy difícil pretender que se pueda correr la arruga hasta el infinito. Los problemas se acumulan y sus efectos también. Por eso son útiles los presupuestos y muy recomendable el mantenerse dentro de los flancos de las prioridades y la debida austeridad. Entre otras cosas porque no hay gobierno que pueda resolverlo todo y porque nadie puede gastar más de lo que produce, y si eso intenta se va a encontrar con que los déficit son reales e impiden que la prosperidad siga estando presente. El endeudamiento es un recurso que solo funciona cuando se utiliza apropiadamente y la economía tiene sus reglas que no pueden ser subvertidas por el discurso populista. La gente, al fin y al cabo, no vive del espectáculo, aunque le guste de cuando en cuando. El pueblo se siente mejor y más confortable cuando se siente libre, cuando puede tomar sus propias decisiones, cuando tiene opciones de empleos de buena calidad, y una infraestructura de bienes y servicios públicos que garantizan vida, salubridad, educación y posibilidades de desarrollo. Un gobernante sensato habla menos, hace más, pero intenta hacerlo dentro de los márgenes de la modestia asociada al servicio público. Los países más felices tienen estados austeros y sistemas de mercado robustos.

Que la gente pueda hablar con libertad, pensar con libertad, sobrevivir a la maldad de los otros, y realizar su plan de vida tiene como contraparte un gobierno que se ejerce sin prepotencias ni arrogancias. Que no se imponga sino que transcurra a través de los hechos y del reconocimiento de los derechos y libertades de los ciudadanos. Y si, que se ocupe de aquellos menos favorecidos, pero no para manosearlos, sino para darles el empuje necesario para que progresen. No para extorsionarlos a través de las dádivas, sino para que ellos mismos sientan que pueden superar errores, dificultades e inequidades a través de la educación y el trabajo. Los buenos gobiernos tratan de que sus pobres sean libres, y los malos exigen de sus pobres la extorsión de su sometimiento.

Los buenos gobernantes son tolerantes y están abiertos a las críticas. Actúan sobre la base de principios que son esenciales para las repúblicas democráticas. No persiguen a nadie por razones personales, y tienen muy claro que el pacto entre él y el resto de los ciudadanos está previsto y regulado por la Constitución y las leyes. El derecho y la justicia son ejercidos con criterios universalistas, la ley es igual para todos, usa un mismo rasero para propios y extraños, y sabe que cualquier conspiración contra la ley afecta la estabilidad del sistema, abriendo boquetes a los  demagogos y caudillos de siempre.

Y finalmente, los buenos gobiernos se alternan. Un buen líder sabe que llega, hace lo suyo y se va, sin caer en la tentación de la perpetuidad. Por eso se apoya en planes y políticas de Estado, y se siente beneficiado por seguir haciendo lo que los demás iniciaron, o comenzar una obra que otros culminarán. Los países más desgraciados están encadenados a la arbitrariedad de un líder supremo y eterno, que a veces ni muerto deja de estar presente. Los caudillos son siempre anhelo de pasado y nostalgia por las glorias perdidas. Y si alguna vez han hecho algo notable, lo cobran a un precio indigno en términos de privilegios y confiscación de las libertades. Las verdaderas democracias republicanas no solamente convocan regularmente a elecciones sino que garantizan pulcritud y apego a los resultados, sin malearlos, sin tomar ventajas indebidas, y sin pretender que cada elección es un cheque en blanco dado al ganador para acabar con el resto.

Pero, ¿qué es lo que tenemos? Esto no es un gobierno. Ni siquiera un mal gobierno. Esto que vivimos los venezolanos es un régimen de opresiones que transcurre en sentido contrario a todo lo que hemos descrito. Que no tiene vocación republicana ni nos considera como conciudadanos. Las leyes no se aplican y han sido sustituidas por la trama autoritaria de la coalición que dirige los hilos del poder. Esta coalición no tiene otro propósito que el usufructo personal y el atropello al resto. Estamos en manos de un grupo de malandros que aplica las mismas reglas que los que intentan controlar la suerte de nuestros barrios. Esto que sufrimos es un régimen de fuerza, y para nada un régimen de leyes e instituciones.  Pero sobre todas las cosas, vivimos una época en la que los buenos resultados y las buenas realizaciones están ausentes.  Vivimos el deterioro como forma de vida. Transcurrimos en el envilecimiento donde nada es especialmente sorprendente. Vamos cuesta abajo, y no es porque queramos, sino porque no hay gobierno. Un régimen no es gobierno porque lo diga, sino porque lo demuestra con resultados.