Víctor Maldonado @vjmc | Crónicas del colapso

22/4/2016

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Llueve en Caracas. Y de inmediato caemos en cuenta que de tanto desear el comienzo de la temporada lluviosa se nos olvidó prepararnos para las lluvias. Las calles lucen anegadas mientras que las oficinas y colegios dan cuenta de las inasistencias cuya excusa es una ciudad que amenaza con ser intransitable.

Vivimos sin poder resolver ese acertijo de la modernidad que nos coloca como amos y señores de la creación, y por lo tanto ajenos al curso arbitrario y poco propicio de la naturaleza. Aquí ocurre todo lo contrario. La naturaleza nos domina sin que nosotros podamos hacer ninguna otra cosa que esperar.  Esperamos las lluvias para atajar la crisis eléctrica, pero mientras eso ocurre tenemos que lidiar con las consecuencias previsibles de los chaparrones. Llueve la mitad del año, pero cada inicio es una tragedia que se nutre de la negligencia de los que deberían estar atentos a paliar sus peores efectos. Lo cierto es que no terminamos de salir de los rigores de la sequía cuando debemos afrontar las consecuencias del invierno tropical. Para los integrantes del rimbombante puesto de comando presidencial todo es cuestión de un cambio fugaz de camiseta para afrontar un nuevo capítulo de la misma tragedia nacional, con la misma impericia y el mismo cinismo.

Llueve donde no tiene sentido para los sesudos planificadores. Cae agua en Caracas mientras que en las riberas de embalses y complejos hidroeléctricos se retarda el debut del invierno. Esa circunstancia le da un toque de extravagancia a las declaraciones del ministro Motta Domínguez, sin otro remedio que asumir la condición pre-moderna del régimen al anunciar que no hay otra alternativa que administrar con más rigor lo único que se les ha ocurrido hacer en todo este tiempo: desconectar al país, solo que a partir de este momento los apagones serán más generales y más severos. Cuatro horas sin energía eléctrica será el tributo de una población que no entiende por qué tienen que acatar esa nueva exigencia de la revolución cuando los “bolichicos” trajinaron más de 30 mil millones de dólares invocando una emergencia eléctrica que no resolvieron, pero que si les sirvió para acumular una inexplicable fortuna.

María está en una cola. No tiene empleo formal y es solo una más de los 5 millones de venezolanos que han sido arrojados al sector informal de la economía. Ella y sus hijos están pasando hambre, al igual que el 50% de las familias venezolanas. Hambre de comida, medicinas, seguridad, y ahora también hambre de electricidad. Desde su puesto en la cola la salida se ve muy lejos, ambigua y difusa. ¿Habrá salida a esto? ¿O será una caída constante a un abismo de necesidades insatisfechas en donde todo siempre puede empeorar? ¡El piso de la crisis es la propia muerte! Pero ahora llueve.

José está en su casa. Lleva seis meses tratando de encontrar una forma para tratarse el cáncer de esófago. Seis meses del timbo al tambo, porque en toda Caracas no hay una institución que pueda salvarle de lo que ahora parece inevitable. En estos últimos 180 días le han contado varias veces “el cuento del gallo pelón” y otras tantas ha podido experimentar en qué consiste eso que llaman “el infierno venezolano”. Su cáncer sigue realengo mientras escucha que el presidente se reunió con su homólogo de Bolivia para discutir sobre el cambio climático.

Aura lo perdió todo en 10 minutos. Esa noche vio cómo su hijo cerraba la puerta de su casa, en El Cementerio, y como siempre lo despidió entre oraciones y buenos deseos. “No te quedes mucho. Mira que las cosas están cada día más peligrosas”. Al rato comenzó la balacera. Cuatro horas después cesó y de nuevo el silencio se hizo dueño de la situación. Una pesada carga de presentimientos se apoderó del ambiente al filo de la media noche. El timbre de la puerta despejó toda dudas. A cincuenta metros de la casa yacía muerto el único hijo de Aura que se había topado con un operativo de la OLP. El acta de defunción dice que su muerte fue resultado de un enfrentamiento con la policía. La mamá llora mientras asegura que su hijo fue acribillado aun estando desarmado e indefenso. Desconsolada se queja de la ausencia de derechos y de que nadie esté dispuesto a garantizarle la vida a nadie. Vivimos una desgraciada guerra donde los que terminan muertos son víctimas inocentes y gente poco peligrosa. “Disparan primero y luego resuelven sus propios entuertos, pero ya no hay nada que hacer. Era mi único hijo y no tengo ni fuerzas ni recursos para reclamar justicia”. Desde esa noche la afligida madre no ha vuelto a su casa.

Antonio es uno de los 10 mil trabajadores de Empresas Polar. Es un supervisor que lo ha visto todo. Decenas de inspecciones cuyo único objeto es el amedrentamiento y la obstaculización del trabajo. Horas enteras de cadena nacional y de propaganda oficial acusándolos de ser la mejor expresión de la conspiración y de la guerra económica. El gobierno les ha impuesto una guerra de asedio que poco a poco los ha agotado en términos de paciencia e inventarios. Él vive de su trabajo. Él se siente orgulloso de ser parte de una industria -la industria cervecera- que tiene más de 170 años de historia y a lo largo de todo este tiempo ha contribuido de manera importante con la actividad productiva del país y con el bienestar de los venezolanos. Antonio sabe que la guerra es con él y con sus 10 mil compañeros de trabajo. Antonio es contrincante obligado, campo de batalla ineludible y víctima, siempre víctima de los delirios de esta política. ¿Tiene algo de malo el progreso? ¿Es malo ser productivo y próspero? ¿Se puede poner en peligro la estabilidad de 250.000 clientes a nivel nacional, 1.500 franquiciados que forman parte de la Red de Distribución Polar y los cientos de proveedores nacionales que de manera permanente proporcionan materia prima e insumos producidos localmente? ¿Se va a tirar todo eso por la borda? ¿Quién gana apostando a la miseria?

Antonio teme por su familia, su empleo y su empresa. Ya no hay materia prima con que trabajar. Ya no hay productos que ofrecer. El cierre es inminente porque la falta de acceso a las divisas para importar las materias primas e insumos que requieren los está afectando cada día a más. El gobierno, mientras tanto, no se da por aludido. Prefiere arrancar motores ficticios que mantener encendido los que existen, producen y generan empleo. El socialismo es una puesta en escena de quimeras cuyos efectos siempre son perversos. Antonio tiene las garras afiladas y el corazón expectante. Vive tiempo de descuento. El país también.