Víctor Maldonado @vjmc | El desafío es el futuro

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Yo debo confesar que cometí tres errores de aproximación. No supe medir la magnitud del voto castigo que se cebó sobre el gobierno para sancionarlo sin atenuantes. Tampoco supe medir las limitaciones de un régimen desprovisto de popularidad y por lo tanto inhabilitado para ser esa maquinaria feroz, supuestamente capaz de activar millones de militantes que iban a lograr la victoria “como fuera”. Y por último, desprecié la posibilidad de que los militares tuvieran algún resquicio institucional que les moviera a impedir cualquier jugada indebida, cualquier zarpazo de última hora. Por eso mismo la victoria del 6D resultó tan esperanzadora. Porque el compromiso ciudadano con las vías democráticas sigue intacto. También porque el régimen no ha podido consolidar su infraestructura totalitaria. Todos sus desplantes guapetones se derrumbaron como un inmenso castillo de naipes para dejar a la vista una realidad esplendorosa: El régimen es débil e ilegítimo, se quedó sin pueblo y dilapidó el capital político que había heredado. La coalición cívico-militar no está disponible para cualquier ocurrencia y por eso mismo el socialismo del siglo XXI es ahora más inviable que nunca.

Los partidos congregados alrededor de la mesa de la unidad democrática tienen ahora un inmenso reto. Los ciudadanos desahuciaron al socialismo sin que necesariamente tuvieran a la mano un proyecto alterno. La MUD hizo la campaña que pudo hacer y mantuvo intacto su principal activo, la unidad electoral, refrendada por una mejora sustancial de su capacidad organizacional. Chúo Torrealba y su equipo técnico hicieron la tarea con excelencia. Los partidos políticos y sus dirigentes estuvieron a la altura.  Pero la tarea no terminó allí.  Ahora deben satisfacer de la mejor manera las expectativas creadas. Los ciudadanos retiraron su confianza a una forma de hacer política que ha provocado la peor economía del planeta y que nos ha convertido en un país inseguro y reprimido brutalmente por una policía política que no se para en detalles. A ese estado de insatisfacción hay que darle curso y hay que hacerlo con inteligencia, sensatez, firmeza, sentido de oportunidad y allanando el camino para que la unidad electoral se preserve ahora como unidad política.

En el paquete de insatisfactores que produjo la debacle política del gobierno hay dos tipos de activadores. Los que tienen que ver con el estilo autoritario, unilateral y sectario del gobierno. Y los que están relacionados con los resultados. Los ciudadanos penalizaron esa estética malandra y majadera aplicada a la política tanto como la caída abrupta de la calidad de vida. Se hartaron de la impudicia, del chantaje, la extorsión del voto y la “lealtad a juro” tanto como mostraron su descontento con las colas, la escasez, la inseguridad y el alto costo de la vida. Y en ambas dimensiones hay que demostrar que la alternativa es mejor, más decente, más preocupada por lo humano, mucho más compasiva y dispuesta a modelar otra república, la de la gente de bien, comprometida con la honestidad y capaz de tener pulso firme para encarar la malquerencia de los que no saben ni quieren perder.

Pero que nadie se llame a engaños. El régimen sigue vivo, aunque muy maltratado. Y por lo que hemos podido ver en los últimos días, mantiene intactas sus capacidades para mentir y para trucar la realidad. Ellos seguramente intentarán un reacomodo interno y tirarán a pérdida las consecuencias que en la realidad tienen su desapego a las tareas de gobierno y la desatención con la que tratan aspectos vitales relacionados al vivir y al comer de 30,2 millones de venezolanos. Ni les importa ni saben gobernar. Ellos son adictos irreversibles al usufructo del poder como beneficio para el clan y no tienen el menor interés en el servicio público. Creyeron que un país se administraba a través de la puesta en escena de una cadena presidencial, y como hemos podido conocer, gracias a la dialéctica del despecho en la que todos sus líderes andan, pretendieron cambiar votos por regalos, lo que refleja el inmenso desprecio con el que tratan a propios y extraños. No saben gobernar pero están al frente del ejecutivo, controlan aun al poder judicial y tienen en un puño al mal llamado poder moral.

La agenda del gobierno es sobrevivir y mantener las apariencias. Ellos, por ejemplo, no pueden aceptar una ley de amnistía porque una iniciativa de ese tipo dejaría claro que en Venezuela hay persecución política, exiliados y presos de conciencia, situaciones que han negado sistemáticamente. Pero la reunificación del país es prioritaria y la restauración de la justicia es impostergable. Una ley de amnistía es la primera señal de desempoderamiento del régimen. Ya no será posible extorsionar la política y aplastar al disidente. Ellos no tendrán ese fuero que les permitía cobrar facturas a sus adversarios ni hacer componendas para acabar con la carrera política de quienes los confrontan. La ley de Amnistía cierra el ciclo de la criminalización de la política, desautoriza al autoritarismo y desmiente los procesos judiciales, viciados y llenos de confabulaciones. Es un tanto a favor de la recuperación de la decencia.

El régimen del socialismo del siglo XXI tampoco pueden permitir que se anulen las leyes de la economía socialista porque ello significaría que todo el mundo se diera cuenta que la ruina social acumulada ha tenido en esas leyes su causa más eficiente. No saben gobernar pero son expertos en el sabotaje a las posibilidades de transformar favorablemente la realidad. Ellos se han convertido en el azote de de la recuperación del país. Ellos impiden, bloquean y asfixian, mientras la gente se interroga sobre plazos de espera y de aguante. El pueblo se pregunta todos los días  ¿cuándo va a comenzar a cambiar todo esto? Y tienen razón. El empobrecimiento y el hambre no se pueden administrar a favor de quienes lo sufren. Ellos enviaron una señal muy clara de que quieren cambios y lo quieren de inmediato. Las expectativas son como los rebullones, revolotean buscando respuestas y dando señales de impaciencia.

Desde los nuevos espacios de poder habrá que dar respuestas factibles y pedagógicamente explicadas sobre los cuatro imperativos que los ciudadanos venezolanos quieren resolver:

  1. Orden social y balance de poderes. Superación de la anarquía que provoca la impunidad arbitraria y su sustitución por un gobierno menos autoritario y perverso en sus formas y en sus resultados.
  2. Diálogo social amplio. Superación de la unilateralidad autoritaria y construcción de consensos y acuerdos para superar el estancamiento y la pobreza. Estos consensos tienen que ser espacios de pedagogía política para cimentar soluciones no populistas que, sin embargo, sean capaces de transformar la realidad de devastación que hoy vivimos. La política y los políticos tienen que dejar la prepotencia y comenzar a convocar con confianza la restauración del pluralismo político.
  3. Abrir espacios para la empresa privada en términos de libertad, desregulación y restablecimiento de los derechos de propiedad. La clave para salir del atasco económico es la reactivación productiva. No hay atajos a la necesidad urgente de encarar lo económico para crear alternativas a la escasez, la inflación y el desánimo productivo.
  4. Cerrar el ciclo del socialismo del siglo XXI con todo su componente de demagogia, manoseo de la pobreza y de los pobres, extorsión a los servidores públicos, violencia política y corrupción. Los ciudadanos están hartos de lo que ha ocurrido en los últimos 16 años ahora que están claros de cuáles son sus resultados.

Que estas expectativas se puedan satisfacer apropiadamente depende la suerte del país. No será una tarea fácil pero la mezcla que resultó de la elección popular le otorga a la alternativa un conjunto de fortalezas que les dan un razonable rango para el éxito. La nueva mayoría democrática tiene un quinteto de desafíos que deberá resolver.

  1. Mantenerse unidos a pesar de las agendas particulares. Tendrán que acordar reglas claras y probablemente legitimar una nueva vocería. El desorden y la improvisación siempre jugarán en contra así como los viejos odios, facturas irredentas y la tentación de querer capitalizar una victoria que tiene que leerse como una oportunidad que se produjo por insatisfacción y no por adscripción. Ojalá todos entiendan que la oportunidad para discutir las candidaturas presidenciales todavía está muy lejos.
  2. Ser diferentes a la práctica de la demagogia unilateral típica de los populismos. El tremendismo siempre estará a la mano. La posibilidad de intentar una nueva etapa de demagogia siempre será una alternativa fácil pero vil y perversa. Hay que practicar la política de la decencia y de la responsabilidad, apostando al liderazgo valioso de los que señalen el camino factible con valentía y arrojo.
  3. Construir una propuesta de cambio sin populismo y sin redentorismos, basada en la libertad y en la garantía de los derechos ciudadanos. La pobreza arropa al 75% de los venezolanos. Salir de ella requiere menos subsidios y más trabajo productivo. Los más afectados deberían ser atendidos desde una mejor calidad de servicios públicos y subsidios directos a la demanda y no a la oferta. Mientras no haya una política sensata de reactivación de la economía seguiremos viviendo y sufriendo depauperación creciente. La empresa privada no aguanta una medida demagógica más. Y me temo que el gobierno no puede seguir financiando su fatua grandeza con emisión monetaria irresponsable.
  4. Atender las expectativas de la gente. Desde el parlamento se pueden dar señales de rectificación profunda, sin olvidar que el poder ejecutivo está en manos del socialismo del siglo XXI. Pero se pueden hacer cosas sobre temas cruciales como la reconciliación, la recuperación del orden social, el rescate de la autonomía de poderes, la interpelación al poder arbitrario y contumaz, la convocatoria al diálogo social, la instauración de los consensos políticos como fundamento de las políticas públicas, la restauración de los derechos de propiedad y la desregulación de la economía.
  5. Sentar las bases de la recuperación de la institucionalidad democrática.Tan sencillo como hacer realidad que las reglas del juego están previstas en la constitución, y que tienen que ser respetadas sin distorsión y sin falsas interpretaciones. El jugar limpio pero sin ingenuidades tiene que ser el signo de los nuevos tiempos. La amnistía es una medida que cruza transversalmente a todos estos desafíos. Solamente los muy mezquinos o los muy sectarios pueden creer que la recuperación ética del país no comienza con la reconciliación y la libertad de los que hoy sufren persecución. Por supuesto, no termina con eso, pero estoy seguro que comienza con eso.

La gente necesita un país unificado y las condiciones para vivir en libertad y realizar su prosperidad sin interferencias indebidas del gobierno. Ojalá existan los consensos para desestatizar al país y revisar una por una las experiencias de las empresas públicas y de la obsesión del gobierno por regularlo todo. La empresa privada es un activo social del país, con cerca de cinco millones de empleados que laboran en unas quinientas mil empresas formales. Necesitamos que todas esas empresas puedan operar y requerimos multiplicar por tres el número de empresas que ahora tenemos en el país. Las señales deberían ser las apropiadas para restaurar la confianza inversionista teniendo claro que no hay mejor política social que el empleo productivo. Las empresas necesitan libertad y respeto. Que nadie crea que las pueden seguir ordeñando sin que los resultados sea el empeoramiento de lo que ya vivimos.

La tarea no será fácil en la misma medida que nos mantengamos en el paradigma del populismo autoritario. Vale la pena intentar algo diferente. Ojalá nos contagiemos del mensaje que en ocasión de su toma de posesión dio el presidente Macri al pueblo argentino: Convoco a todos a aprender el arte del acuerdo. Que así sea también entre nosotros.