Víctor Maldonado @vjmc | El problema raíz

Víctor Maldonado17 de abril de 3015

La gente sufre cotidianamente los efectos perversos de un engranaje político y económico que hace mucho tiempo dejó de dar resultados. Un país no puede funcionar bien si no se atiende su infraestructura de servicios. Ningún país puede sentirse orgulloso si la mitad de su población económicamente activa se rebusca entre empleos de mala calidad y esa calle buhonera que siempre es tan dura. Ningún país puede sentirse una potencia si un 15% de los venezolanos no están trabajando ni están consiguiendo como colocarse productivamente.

Screen Shot 2015-04-17 at 9.53.41 PMLos países enfermos sufren de desempleo, desconfianza, desinversión, inflación, escasez, represión política y violencia ciudadana. Todas esas enfermedades las podemos llamar “el síndrome del socialismo del siglo XXI” que padece Venezuela con características agudas. Pero al hacer el diagnóstico diferencial se nos hace a veces muy difícil identificar las verdaderas causas. Los gobiernos irresponsables nunca asumen las culpas. Eso también forma parte del síndrome que hemos aludido. En lugar de reconocer las consecuencias de sus propias decisiones hacen algo que resulta ser totalmente irracional: invierten toda la energía residual que les queda en inventarse una excusa.

Es como si a un enfermo terminal, en lugar de darle las medicinas y los tratamientos que le corresponden, fuera sometido a un penoso e incómodo viaje en autobús a Sorte para hacerle allí un ensalme supuestamente milagroso. Y además en el trayecto, para poner peor las cosas, sus acompañantes insistan en darle unos cuantos menjurjes para que pueda llegar medio vivo a su destino. El síndrome del socialismo del siglo XXI tiene entre sus causas una insuficiencia aguda de sensatez. Pierden el tiempo y los esfuerzos en inventarse hoy una guerra económica y mañana un conflicto internacional, en dos días están recogiendo firmas y a la semana siguiente desatando una ola de represión y expropiaciones. Son expertos en desviar la atención de mil y una maneras, y también en perder el tiempo, que es un recurso crítico cuando la situación  llega a una condición casi postrera.

Mientras tanto la maquinaria de hacer pobres trabaja tres turnos. Un gobierno populista –y los regímenes socialistas son la versión más depurada del populismo- necesita pasar de una promesa a otra, así como Tarzán necesita las lianas para recorrer la selva. Pero cada promesa y su intento de cumplirla nos hunden todos los días un poco más. Porque cuando el populista abre la boca y decide un subsidio también está ordenando la impresión de billetes sin respaldo que luego no encuentran ni bienes, ni servicios, ni divisas que adquirir. Cada vez que nuestro Tarzán bolivariano decide algo, viola una de las leyes más esenciales de la realidad: Que todo tiene un costo. Que no hay almuerzo gratis. Y que por lo tanto, si el gobierno no tiene con qué pagarlo, somos todos los ciudadanos los que financiamos su demagogia con inflación y escasez.

El gobierno tiene demasiado poder mal utilizado, y por eso es capaz de emitir dinero de comiquita, pero ese mismo poder no tiene impacto cuando intenta decretar realidades más complejas. No hay abracadabra que le permita restituir la productividad perdida, ni revertir instantáneamente la fuga de talento. Tampoco hay poción mágica que resuelva de un día para otro la crisis de los servicios públicos o la brecha inmensa que hemos acumulado respecto del resto de los países del mundo. Como siempre ocurre, el gobierno populista es bueno, muy bueno para echar a perder las cosas, así como totalmente incapaz de resolverlas.

Pero esa es una sola de las caras. La violencia está financiada por la impunidad y la protección política. No es casual que afuera todos supongan que aquí operan grupos organizados de la delincuencia,  dedicados a explotar económicamente cualquiera de las versiones del mal. Tampoco es casual que algunas bancas como la de Andorra abran en Venezuela oficinas de representación para lavar el dinero mal habido. Por lo visto ellos saben mucho mejor que todos nosotros “cómo se bate el cobre” en nuestro país y a quienes hay que invitar a pasar por la sede para hacer buenos negocios. Todo esto es posible porque tenemos un desbalance inmenso entre el poder que se atribuye cualquier funcionario público respecto del poder concedido a la sociedad venezolana. Estamos indefensos frente a un gobierno que no tiene límites ni cree que la ley es para ellos.

Las empresas públicas, ahora notablemente arruinadas e improductivas, son otra versión de lo mismo. Un gobierno voraz, expoliador y que actúa bajo la lógica malandra del que no garantiza ningún derecho de propiedad, termina rodeado de ruinas disfuncionales que le cuestan al país una inmensa carga presupuestaria.

El régimen engulle propiedad privada y cerca cualquier actuación sensata. Las empresas públicas son la demostración de que “los deseos no empreñan” y que por lo tanto el socialismo bocón no es capaz de lograr un solo resultado decente. Una empresa es un resultado de buenas gestiones, por eso mismo, porque no hay capacidades, el régimen exhibe y esconce la ruina que ellos llaman empresas socialistas, que nunca hacen lo que dicen hacer pero que les sirve a ellos para el onanismo político porque hacen bien la tarea de la movilización política y el aplauso fácil que requiere el presidente en cada una de sus innumerables cadenas.

Aplauden y cobran, mientras está a la vista de todos que los que deberían ser siderúrgicos no producen acero,  pero aplauden. Los que deberían producir aluminio, no lo producen, pero aplauden. Los que deberían producir cemento, no producen cemento, pero aplauden. La lista es infinita y por eso el resto queda a la imaginación del lector. Pero ¿qué país puede acompasar estas ficciones en una realidad diferente a su progresiva destrucción?

Ningún país sobrevive a estas dosis radioactivas de populismo, estatismo, militarismo y socialismo radical. Este síndrome es el resultado del exceso de poder que tiene el gobierno y de la consecuente debilidad que tiene la sociedad en su conjunto. ¿Se puede nivelar este desbalance? Se puede y se debe. Pero la batalla comienza en nuestras conciencias y en nuestras versiones de la realidad. Los venezolanos no necesitan un estado grande y bocón que al final no hace nada fructuoso.

Necesitamos un estado contenido y modesto que nos garantice la seguridad y promueva el mercado para que todos encontremos las cosas que queremos y necesitamos. Necesitamos un estado liberado de la exquisitez tóxica que representan las empresas públicas, y que no se crea el mejor repartidor posible de la riqueza que expropia a los venezolanos. Necesitamos dejar de pensar que ese es el único modelo posible y que no se puede concebir un país sin un ministerio para cada excusa y sin un funcionario para cada necesidad. Este estado de casi 3 millones de empleados públicos hay que esquilmarlo, porque así obeso, y voraz, no es útil ni a los pobres ni a nadie.

¿Cómo comenzamos a desempoderar a este estado insaciable de poder y de recursos? Comencemos por lo más sencillo. Exijamos una dolarización (sustitución monetaria) de la economía, para cercenarle al régimen esa capacidad –ahora infinita- que nos obliga al trueque macabro entre sus promesas irredentas y  la corrupción que los favorece solo a ellos, a cambio de la inflación y escasez que todos sufrimos. El problema es de fondo.

Necesitamos otro estado y otras reglas del juego. Necesitamos inhabilitar las apetencias caudillistas de todos los que aspiran al poder. Necesitamos desprestigiar al populismo poco imaginativo y demagógico como única opción posible para ganar adeptos y seguir en la línea perversa de prometer lo que no se puede cumplir. La dolarización incapacita al gobierno para la fantasía y lo somete al presupuesto, a no gastar más de lo que le ingresa, y a ser de nuevo servidor del pueblo y no lo contrario. Abramos el debate al respecto sin descalificaciones, sin dogmatismos, sin el odioso “eso no se puede” y sin apelar a la comunidad de los entendidos. A fin de cuentas, la economía es algo demasiado importante para todos, porque todos la sufrimos, como para no discutirla con amplitud de criterios.