Víctor Maldonado @vjmc | Información limitada

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Venezuela vive bajo el signo de la perversidad. El adversario juega varias manos a la vez, y a veces cuesta saber cuál es la baraja a la que se debe prestar atención. Las oportunidades se pierden no tanto porque nuestros antagonistas sean demasiado malos -que lo son- sino porque nosotros somos cándidamente ingenuos. De una buena vez deberíamos incorporar a nuestros análisis las razones por las que se confunden constantemente deseos con realidades e ideales con arquetipos. Vivimos enredados, y a veces se experimenta la política como el engaño fatal en la que caen los incautos pececitos cuando son víctimas de los coloridos anzuelos.La realidad no es como nosotros quisiéramos que fuera. Es como es, mucho más vil y desalmada. No hay tregua cuando lo que se está jugando es el poder. No hay caballerosidad ni compasión. Los contrincantes se ceban en nuestras debilidades siempre que eso es posible, y en el esfuerzo de anularnos no dejan de intentar, una y otra vez, que nuestras victorias se transformen en estruendosas derrotas. Y a veces lo logran. Sin embargo, pocas veces hablamos de nuestras debilidades. Los que se atreven son tratados como traidores. La disciplina ha sustituido la lucidez y hay una confusión importante entre la razón y la fuerza. Dicho de otra manera, no siempre la facción más fuerte es la que tiene la razón. No siempre el que grita más es más perspicaz. No siempre el que tiene más recursos es el más estratégico.

Ya sabemos que las derrotas son huérfanas. Y que la rapidez con la que ocurren los acontecimientos nos dejan exhaustos y sin ánimo para revisar lo que está ocurriendo en términos causales. Es demasiado fácil argumentar que estamos luchando contra Goliat, que los recursos a su disposición son inconmensurables, que no respeta regla alguna y que su capacidad para reprimir es ilimitada. Todas estas cualidades del adversario son ciertas. Y por eso mismo deberían incorporarse en el diagnóstico, y ese diagnóstico ser consistente con la forma como encaramos el desafío. Lo que tiene poco sentido es, por ejemplo, confiar en una entidad que no es confiable, y actuar en consecuencia.

Como estamos hablando de razones y sinrazones, deberíamos identificar cuáles son aquellos factores que se comportan como bloqueadores perceptuales de la realidad. El primero de ellos es que padecemos de un bloqueo intuitivo. Las cosas no son como las imaginamos. Y por eso es que pasamos de un fiasco a otro. ¿Recuerdan el alborozo con Padrino López luego del 6D? ¡Nos equivocamos! Tenemos información limitada sobre el adversario, al cual nos imaginamos siempre mejor de lo que es, y peor aún, actuamos en consecuencia. La reputación de la oposición se ha visto muchas veces comprometida por los desplantes a los que ha sido sometida cada vez que imagina a un contrincante diferente al que tiene en la realidad. Más de una vez hemos sido sometidos al bamboleo comunicacional y a la persecución concomitante cuando la estrategia asumida se encallejona. Más de una vez se ha transformado una ruta en un dogma de fe. Eso ha pasado una y otra vez con el diálogo, enarbolado como si fuera parte de una decencia política de la que nos debemos investir. Y más de una vez la dirigencia ha salido escaldada.

Si la política tiene que valorarse sobre todo por sus resultados deberíamos asumir que todas las “gestiones decentes” que se han intentado solo prueban que sabemos poco sobre la racionalidad que caracteriza al flanco contrario. Deberíamos al menos hacer el ejercicio de intentar delimitar nuestra ignorancia al respecto: No sabemos exactamente cuáles son sus alianzas, intereses y la forma como entre ellos se distribuye el poder. No tenemos una idea clara de sus extremismos. No conocemos la tesitura de sus pactos. No comprendemos sus redes. Tampoco sabemos cuáles han sido los efectos que sobre ellos ha tenido toda la corrupción. No los entendemos a plenitud. Pero actuamos como si tuviéramos el mapa completo.

No conocemos al adversario, pero ¿nos conocemos a nosotros mismos? Los fanatismos conspiran contra el acto racional del conocimiento. El amor es tan ciego como el odio, y tan inútil a los efectos de comprender tantos por qué que ahora nos perturban sobre recursos, alianzas, intereses, montos de poder, redes, impactos de la corrupción y carencias elementales de estrategia. Demasiadas preguntas sin respuestas precisas. Demasiadas interrogantes bloqueadas por un ejército de espalderos inteligentemente dispuestos en medios y redes sociales para contrarrestar cualquier suspicacia.  Estamos muy mal si es cierto lo que planteaba Sun Tsu sobre la necesidad de conocernos a nosotros mismos, conocer al enemigo, y conocer el terreno donde se va a dar la batalla.

El campo de batalla es también muy impreciso. Allí los bloqueadores perceptuales hacen desguaces por las siguientes razones. El primero de ellos es que las situaciones dinámicas no se pueden plantear como estáticas. Si algo caracteriza a la política venezolana es su capacidad de trasmutación, aun guardando la misma configuración aparente. Los significados cambian de un día para otro. Y lo que ayer parecía una ventaja hoy puede lucir parte de nuestra indefensión. Por esa misma razón el tiempo es una variable crítica y la fortaleza estratégica se mide por la capacidad de respuesta que se pueda exhibir frente a las iniciativas de los contrarios. Una situación dinámica se recrea con cada jugada, por lo tanto, no se puede esperar a los desenlaces, sino que hay que contribuir a que ocurran cierto tipo de desenlaces y no otros. Somos actores y no meros espectadores. Somos la realidad en acción, contribuyendo con nuestras ausencias, silencios, aciertos y equivocaciones.

El segundo bloqueador perceptual es el dogmatismo que nos hace asumir un solo principio general para interpretar todo lo que va ocurriendo. La realidad es un poco más complicada y exige la constante reinterpretación de las premisas. Baste recordar que el Titanic se hundió porque todos creían que era imposible que se hundiera. Esa premisa bastó para descalificar cualquier prevención y para desechar cualquier advertencia sobre la presencia de icebergs en la ruta. Ese es precisamente el tercer bloqueador perceptual, la incapacidad para hacer nuevas evaluaciones sobre la base de nueva información. Dick Morris, el famoso estratega norteamericano, solía decir que si la tierra cambiaba entonces había que hacer de nuevo el mapa. ¿Tenemos actualizado el mapa? ¿Contamos con suficiente inteligencia dedicada a estimar las variaciones? ¿Valoramos la condición situacional de la política?

A veces renegamos de los datos de la realidad porque estamos imbuidos en un proceso intenso de hacer pasar como realidad los que son solo nuestros deseos. El tercer bloqueador es el célebre wishful thinking que cohesiona a los grupos en el error y que provoca el castigo y la exclusión de todos aquellos que piensan diferente. Ortega y Gassett recomendaba al respecto “una higiene de los ideales, una lógica del deseo” para diferenciar la mente infantil del espíritu maduro. Decía el filósofo que el infantilismo político no reconoce la jurisdicción de la realidad y suplanta las cosas por sus imágenes deseadas. “El inmaduro político siente lo real como una materia blanda y mágica, dócil a las combinaciones de nuestra ambición. Por eso la madurez comienza cuando descubrimos que el mundo es sólido, que el margen de holgura concedido a la intervención de nuestro deseo es muy escaso, y que más allá de él se levanta una materia resistente, de constitución rígida e inexorable”. En pocas palabras, “deseos no empreñan, ni siquiera cuando se transforman en la resolución de un grupo dirigente”.

El cuarto bloqueador es la sobrestimación del control que efectivamente tenemos sobre los acontecimientos y sus resultados. No todo lo que se desea es instrumentable y hay un abismo entre la disposición social y la maquinaria política. Nadie tiene al país en un puño. Nadie tiene su interpretación perfecta. Además, hay flujos interesados de comunicación que provocan dosis altas de ruido e interferencia. Pero todo esto es un dato de la realidad:  vivimos una situación en la que una coalición de pequeños partidos tiene que convencer y convocar a la sociedad venezolana para que se involucren. No siempre es fácil que las promesas sean convincentes y vinculantes, por lo que el compromiso tiene altas y bajas, entre otras cosas porque ese compromiso depende de un alto grado de consistencia y una percepción de alta eficacia. Dicho de otra forma, se opera bajo un régimen de intercambio entre congruencia y eficacia a cambio de participación y alineación política.

El quinto y último bloqueador es la sobrestimación de la predictibilidad de la secuencia de eventos. O si se quiere, la sobrestimación de la eficacia del plan. No hay plan perfecto. Ocurre que “los rusos también juegan”, que a veces el viento no sopla a favor, que la política está llena de imponderables, que la unidad no siempre es perfecta, que a veces se confunden las disidencias con los enemigos y que las aspiraciones personales se ponen en juego, y a veces se convierten en las principales fuentes de perturbación. Eso que llaman el fuego amigo existe y a veces hace mucho daño. Como no hay plan perfecto entonces no queda otro remedio que atender los atributos dinámicos de la política. El primero de ellos, mantenerse dentro del juego. El segundo, mantener el cuestionamiento constante de lo que se está haciendo para evitar el conformismo y el “wishful thinking”, anticiparse y tomar la iniciativa cada vez que eso sea posible. El tercero, evitar ofrecer todo aquello que no está bajo nuestro control. Evitar el extremismo y los atajos. Evitar los “pendencierismos” políticos. El cuarto, mantener la capacidad para capitalizar las oportunidades que ofrezca la crisis. El quinto, no asumir compromisos irreversibles. Mantener la flexibilidad. El sexto, mantener la transparencia y abiertos los canales de comunicación.

Experimentamos una situación que nos obliga a manejar lo impredecible. No tenemos suficiente información. No sabemos exactamente donde están los límites. No confiamos en los acuerdos o los acuerdos no existen. No contamos con un mínimo de reconocimiento o aquiescencia. Hay alta incertidumbre, extrema divergencia de intereses, la negociación no es factible y la comunicación es difícil y espuria. En eso consiste la perversidad que sufrimos y también la necesidad de aprender a lidiar con ella para vencerla definitivamente.