Víctor Maldonado @vjmc | La templanza

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Ayn Rand, la filósofa objetivista, plantea con claridad el problema ontológico de la templanza: Screen Shot 2015-09-28 at 2.24.56 PM“Todo lo que es correcto para la vida de un ser racional es bueno; todo lo que lo destruye es malo. La vida del hombre no es la de un bruto irreflexivo, la de un matón saqueador, o la de un místico que vaga sin rumbo, sino la vida de un ser pensante; no la vida por medio de la fuerza o el fraude, sino la vida por medio del logro; no la supervivencia a cualquier costo, ya que solo hay un precio que pagar por la supervivencia del hombre: la razón”.

El hombre racional, que vive para realizar sus propósitos, tiene un proyecto de vida valioso para sí mismo, no se deja arrebatar por la locura ni padece de las consecuencias de los excesos. No se niega nada pero no termina siendo esclavo de nada. No cede espacios incontrolables a sus emociones ni se desborda hasta padecer de una vida loca. En esto consiste la templanza. En la moderación con la que se asume la satisfacción de los placeres, en el equilibrio con el que se usan los bienes y se practican los propios atributos y competencias. Todo en su justa medida es el lema de los que la practican porque aseguran el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantienen los deseos en los límites de la honestidad.

Muy a pesar de lo que se pueda pensar en una época que está signada por las extravagancias y las demasías, la templanza tiene una gran tradición. Screen Shot 2015-09-28 at 2.20.16 PMEl libro del Eclesiástico, que data del 190 a.C., advierte al lector de los peligros del desvarío: “No te dejes llevar de tus pasiones; domina tus deseos. Si das gusto a la pasión, tus enemigos se reirán de ti. No te aficiones a la vida de placer; los gastos te dejarán en la pobreza”. Como vemos, desde épocas remotas se señala que el éxito de la vida significa mantener el control y la cabeza sobre los hombros. Solo así se conservarán la reputación y la prosperidad.

Veamos cómo la templanza tiene inmensa importancia en la gerencia. Se valora de los profesionales con potencial la orientación al logro, pero debe repudiarse el extremismo al que llegan los “workalcoholicos”. Se aprecia la asertividad pero no se valora la imprudencia. Se agradece la preocupación por el orden y la calidad lo que no significa que tenga sentido la obsesividad. A las empresas les gusta que haya aprecio por las normas y procedimientos pero no logran procesar apropiadamente al “virtuoso burocrático” que las impone por encima de las conveniencias de la realidad. Otra competencia es la preocupación por la imagen pero nadie se siente cómodo con el extremo narcisista. El profesionalismo es la norma, lo que no quiere decir que se deje de lado cualquier concesión a la benevolencia. La persistencia no tiene nada que ver con la terquedad. La sensibilidad hacia el cliente no debería degenerar en familismo confuso, la sociabilidad no debe hacernos perder la perspectiva de la responsabilidad, la capacidad para trabajar en equipo no puede transformarse en complicidad, y el positivismo no puede hacernos caer en las equívocas redes del “wishful thinking”.

Precisamente por eso San Pablo proponía como antídoto al extremismo el esfuerzo por llevar una vida de sobriedad. Solo así se puede alcanzar la piedad y la justicia. No hay nada más generoso con los demás que la vida propia bien llevada. Y eso debería ser un compromiso irrenunciable.

Una de las cuatro “nobles verdades” que nos legó Buda es precisamente el sendero medio, un llamado a evitar una vida de extremos que a su juicio no conducen a nada valioso. Ni la concupiscencia ni la extrema mortificación son expresiones de sabiduría. Pero ¿cómo se logra transitar por ese camino sin desvíos ni encrucijadas?  Para lograr esa circunspección se proponen ocho principios que se deben alcanzar y que pueden ser un excelente guión para cualquiera de nosotros:

  1. Comprender la realidad con conciencia de que todo tiene una causa y provoca una consecuencia. Nada es gratis. Ninguna conducta deja de tener costos.
  2. Pensar con serenidad y sabiduría, al margen de la distorsión de las pasiones.
  3. Hablar con prudencia, sin negligencia y sin querer dañar a los otros.
  4. Actuar siempre sobre la base del honor, la honestidad, la paz y la bondad.
  5. Ganarse la vida de forma honorable e irreprochable, con autonomía y sin ser carga para nadie.
  6. No cultivar malos pensamientos contra nadie y mantener en todo momento la ecuanimidad.
  7. Enfocarse siempre en una vida con propósito trascendente y reconocer que toda dificultad es temporal.

La práctica de las virtudes no es una exigencia anticuada y prescindible. Es un llamado a la perfección que merecemos y a la colecta de buenos resultados. Amado Nervo transformó esta opción de vida en una bella poesía:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,

Porque nunca me diste ni esperanza fallida,

Ni trabajos injustos, ni pena inmerecida.

Porque veo al final de mi rudo camino

Que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

Que si extraje las hieles o la miel de las cosas,

Fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas;

Cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

https://www.youtube.com/watch?v=WISN-_9hphA

De nosotros depende.